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martes, 21 de julio de 2009

Acribillan a desertor de las FARC en un caserío del Zulia



HOLA DAMAS Y CABALLEROS
De múltiples tiros acribillaron al comandante Silvio, guerrillero desertor de las FARC, en el caserío El Derrote en Mara. Se dedicaba a extorsionar a los ganaderos de la zona.

El crimen ocurrió el pasado viernes en la mañana. El occiso había tomado la finca El Vigía junto a otros 20 sujetos desde hace tres días. Cuando se disponían a abandonar el lugar fueron interceptados por ocho sujetos vestidos de negro y con armas largas, quienes lo persiguieron por el monte hasta asesinarlo.

Los homicidas huyeron, al igual que los secuaces del comandante Silvio.

La Policía informó que el muerto se dedicaba a la extorsión y cobro de vacunas en el municipio Mara. Tenías varios meses operando en la región.

Llegó a territorio venezolano con un cargamento de armas largas y 600 millones de bolívares. Se presume que los asesinos pertenecieran al grupo insurgente. Se llevaron el dinero y el armamento. Investigan si estaba implicado en algún secuestro.

El cadáver lo trasladaron a la medicatura forense de la Facultad de Medicina. De no ser retirado en los próximos días será enterrado en fosa común en un cementerio municipal.
¿REINSERTADOS?JA JA JA !ASESINOS Y MAFIOSOS¡
NO NOS MAMEN MAS GALLO
GUERRILLERO VALENCIANO

miércoles, 29 de abril de 2009

PARAMILITARES Y GUERRILLOS

La lora
- ¡Cómo se le ocurre! - Beatriz se enojó consigo misma; claro, el momento no era para bromas: los paramilitares habían cercado un pueblo y, como siempre, dejaron su firma entre la gente: sangre y muerte, muerte y sangre. Estaban cerca. Se ordenó la formación. Entre la rabia y la proximidad del combate, Beatriz habló sobre la lora:
- ¿Y si la llevamos?-
-¡Cómo se le ocurre!- gritó el comandante.
Sabía que era imposible, y si la lora hablaba? Desde que la encontraron herida y mojada; desde que la curaron, desde que la alimentaron y la hicieron la mascota del cucho había hecho ruido, aún así, la broma fue angustiosa. Después de la voz de avance, el comandante se le acercó: "Vea Beatriz, el miedo no hay que dejarlo, nada más que no la asuste". La columna avanzó. La noche reflejaba los sonidos de lo por venir. Cuando las balas callaron, los asesinos corrieron; dejaron detrás a sus heridos, sus armas y provisiones; no importaba, el patrón proveerá. Había sido un combate difícil, como todos, y la victoria sembró otro árbol. Cuando se llamó al recuento, Beatriz no estaba; entre el silbar de la noche, se había quedado atrapada entre la huída de los asesinos. Sintió que la buscaban. Una bala le confirmó su suerte. Escondida tras un árbol vio a la lora. Era imposible: la dejaron en el campamento. En ese momento supo que alguien le apuntaba, los recuerdos llenaron el monte, su mano acariciaba la pistola pero era inútil, el paramilitar estaba detrás. La lora miraba. El tiempo se extendió hasta el abismo. El militar paramilitar sonrió; un grito lo obligó a voltear; Beatriz gastó una bala antes de volver al campamento. La lora estaba curada: cantó.